Tomar decisiones importantes nunca me ha parecido algo sencillo.
Hay decisiones pequeñas que puedo tomar rápidamente, pero existen otras que pueden hacerme pensar durante días, semanas o incluso meses.
¿Qué pasa si me equivoco?
¿Y si tomo el camino incorrecto?
¿Y si después me arrepiento?
Creo que muchas veces no es la decisión lo que más miedo nos produce, sino la posibilidad de tener que vivir con las consecuencias de haber elegido mal.
Durante mi proceso de cambio estoy aprendiendo que no existe una forma de tomar decisiones con la garantía absoluta de que todo saldrá bien.
Lo que sí puedo hacer es aprender a decidir con más claridad, confiar más en mí y aceptar que cualquier camino puede traer aprendizajes.
¿Por qué me cuesta tanto tomar algunas decisiones?
Cuando una decisión tiene importancia, mi mente puede comenzar a imaginar diferentes escenarios.
Pienso en todo lo que podría salir mal.
Intento anticipar todas las consecuencias.
Busco la opción perfecta.
Y mientras más pienso, más difícil puede resultar decidir.
El miedo al fracaso también puede aparecer.
Puedo preguntarme:
“¿Qué pasará si tomo la decisión equivocada?”
Pero estoy aprendiendo que esperar a tener una seguridad absoluta puede convertirse en otra forma de no avanzar.
El miedo a equivocarme
Uno de los mayores obstáculos que estoy intentando superar es el miedo a cometer errores.
Durante mucho tiempo podemos pensar que equivocarnos significa haber tomado una mala decisión.
Pero ahora estoy intentando verlo de otra manera.
Una decisión puede ser razonable en el momento en que la tomamos y aun así producir un resultado diferente al que esperábamos.
Eso no significa necesariamente que haya sido una decisión absurda.
Significa que no podemos conocer todas las variables del futuro.
El filósofo Séneca reflexionó ampliamente sobre la incertidumbre, el tiempo y nuestra capacidad para distinguir aquello que podemos controlar de aquello que no.
Esta idea me ayuda a recordar que puedo controlar mi preparación y mi manera de actuar, pero no puedo controlar completamente el resultado.
Estoy aprendiendo a decidir con la información que tengo
A veces esperamos demasiado porque pensamos que necesitamos saberlo todo antes de elegir.
Pero la vida no siempre nos proporciona toda la información.
En muchas ocasiones tenemos que decidir con lo que sabemos en ese momento.
Por eso intento preguntarme:
¿Qué información tengo actualmente?
¿Qué información me falta realmente?
¿Puedo conseguirla?
Y después:
¿Estoy esperando información útil o simplemente estoy buscando una seguridad que probablemente nunca llegará?
Esta última pregunta puede ser especialmente importante.
Porque investigar puede ayudarnos a decidir mejor.
Pero pensar eternamente también puede convertirse en una forma de evitar la decisión.
Primero quiero saber qué es importante para mí
Una decisión puede parecer complicada cuando no tengo claro qué quiero.
Por eso estoy aprendiendo a preguntarme cuáles son mis valores y prioridades.
¿Qué es realmente importante para mí?
¿Qué tipo de vida quiero construir?
¿Qué estoy dispuesto a aceptar?
¿Qué cosas ya no quiero repetir?
Cuando tengo mayor claridad sobre lo que quiero, algunas decisiones comienzan a ser más sencillas.
No porque desaparezcan los riesgos.
Sino porque puedo evaluar las opciones desde una dirección más clara.
No necesito encontrar la decisión perfecta
Esta es una de las ideas que más estoy intentando incorporar a mi vida.
No existe una decisión perfecta.
Existen decisiones que tomamos con la información disponible y caminos diferentes que pueden llevarnos a experiencias distintas.
Si espero encontrar una opción sin ningún riesgo, probablemente terminaré esperando demasiado.
Siempre habrá incertidumbre.
Siempre habrá algo que no puedo prever.
Y eso forma parte de decidir.
Estoy aprendiendo a equilibrar razón e intuición
No quiero tomar todas mis decisiones solamente desde la emoción.
Pero tampoco quiero ignorar completamente lo que siento.
Cuando tengo que elegir algo importante, intento analizar las opciones de manera racional.
Escribo los beneficios.
Los posibles riesgos.
Lo que puedo ganar.
Lo que puedo perder.
Y también intento escuchar lo que siento.
La intuición puede aportar información basada en experiencias anteriores, pero también puede estar influenciada por el miedo o los prejuicios.
Por eso quiero aprender a encontrar un equilibrio.
Escuchar lo que siento, pero también analizar lo que sé.
Una técnica sencilla que estoy utilizando
Cuando tengo una decisión importante, intento escribirla.
Después divido una hoja en diferentes partes.
Opción A
¿Qué gano?
¿Qué pierdo?
¿Qué riesgos existen?
Opción B
¿Qué gano?
¿Qué pierdo?
¿Qué riesgos existen?
Después me hago una pregunta que puede cambiar la perspectiva:
“¿Cuál de estas opciones se acerca más a la vida que quiero construir?”
No busco una garantía.
Busco claridad.
¿Y si me equivoco?
Esta es probablemente la pregunta que más pesa antes de tomar una decisión.
Pero estoy aprendiendo algo:
equivocarme no significa que mi vida haya terminado.
Si una decisión no funciona como esperaba, todavía puedo aprender.
Puedo corregir.
Puedo cambiar de dirección.
Puedo comenzar nuevamente.
Puedo pedir ayuda.
Puedo utilizar la experiencia para tomar mejores decisiones en el futuro.
Pensarlo así reduce un poco el peso que muchas veces ponemos sobre una sola elección.
El arrepentimiento aparece cuando miramos demasiado hacia atrás
Después de tomar una decisión, es fácil pensar:
“¿Qué habría pasado si hubiera elegido la otra opción?”
Podemos imaginar una vida alternativa y convencernos de que habría sido mejor.
Pero existe un problema.
No podemos comprobarlo.
No sabemos qué habría ocurrido con la otra decisión.
Quizá habría salido mejor.
Quizá habría salido peor.
Quizá habría aparecido un problema diferente.
Por eso estoy intentando no torturarme con escenarios que nunca podré comprobar.
El pasado puede enseñarme, pero no puedo vivir permanentemente dentro de él.
Lo que puedo aprender de una decisión que no salió bien
Si una decisión produce un resultado negativo, intento preguntarme:
¿Qué aprendí?
¿Qué no vi?
¿Qué haría diferente?
¿Qué señales ignoré?
¿Qué puedo aplicar la próxima vez?
Estas preguntas son más útiles que simplemente decirme:
“Me equivoqué.”
Porque un error sin reflexión puede repetirse.
Pero un error analizado puede convertirse en experiencia.
Marco Aurelio y aceptar lo que no puedo controlar
El filósofo estoico Marco Aurelio, en Meditaciones, reflexionó repetidamente sobre la importancia de distinguir entre aquello que depende de nosotros y aquello que no.
Esta idea tiene mucho sentido para mi proceso.
Cuando tomo una decisión, puedo controlar el esfuerzo que pongo, la información que busco y la manera en que actúo.
Pero no puedo controlar todas las circunstancias que aparecerán después.
Aceptar esa realidad me ayuda a dejar de exigirle a cada decisión una garantía que la vida simplemente no puede ofrecer.
No quiero tomar decisiones para complacer a todo el mundo
Otra dificultad que estoy aprendiendo a reconocer es la presión de las opiniones externas.
A veces podemos elegir algo no porque realmente lo queramos, sino porque queremos evitar decepcionar a otras personas.
Pero los demás no tienen que vivir las consecuencias de todas nuestras decisiones.
Por eso, antes de elegir, quiero aprender a preguntarme:
“¿Estoy haciendo esto porque realmente lo quiero o porque tengo miedo de lo que otros puedan pensar?”
Escuchar consejos puede ser útil.
Pero una cosa es escuchar y otra permitir que otras personas decidan completamente por nosotros.
Después de decidir, también necesito aprender a soltar
Tomar una decisión no es el final.
Después viene otra parte importante:
aceptar la decisión y avanzar.
Si después de elegir sigo comparando constantemente mi camino con todas las posibilidades que descarté, nunca voy a sentir tranquilidad.
Por eso quiero aprender a comprometerme con mis decisiones.
Eso no significa quedarme para siempre en algo que claramente no funciona.
Significa darle una oportunidad real al camino que elegí y observar qué sucede.
Siempre puedo ajustar el rumbo
Una de las ideas que más tranquilidad me produce es entender que no todas las decisiones son permanentes.
Algunas decisiones pueden modificarse.
Puedo cambiar de trabajo.
Puedo aprender algo diferente.
Puedo corregir una estrategia.
Puedo reconocer que algo no funcionó.
Puedo comenzar otra etapa.
Pensar así me ayuda a entender que tomar una decisión no siempre significa cerrar todas las puertas.
A veces simplemente significa elegir cuál puerta voy a abrir primero.
Lo que estoy aprendiendo sobre tomar decisiones
Mi objetivo no es convertirme en una persona que nunca se equivoca.
Quiero convertirme en alguien que pueda tomar decisiones con mayor conciencia.
Quiero aprender a investigar cuando sea necesario.
Quiero escuchar mis emociones sin permitir que el miedo decida por mí.
Quiero conocer mis prioridades.
Quiero aceptar que existe incertidumbre.
Y quiero aprender de las consecuencias sin castigarme por todo aquello que no salió como esperaba.
Reflexión final
Hoy estoy entendiendo que tomar decisiones forma parte de crecer.
No puedo esperar a tener absoluta seguridad para comenzar a vivir.
En algún momento tengo que elegir.
Y sí, algunas decisiones pueden salir mal.
Pero también puedo aprender de ellas.
Puedo corregir.
Puedo volver a empezar.
Puedo cambiar de dirección.
Lo importante no es vivir intentando evitar cualquier error.
Lo importante es aprender a tomar decisiones conscientes y tener la fortaleza para seguir adelante después de haberlas tomado.
Quizá nunca exista una manera de tomar una decisión sin ningún riesgo.
Pero sí puedo aprender a confiar más en mi capacidad para enfrentar lo que venga después.
Y eso también forma parte de mi cambio.
Una pregunta que me hago hoy
¿Estoy evitando tomar una decisión porque realmente necesito más información o porque tengo miedo de equivocarme?
Quizá responder con honestidad esa pregunta sea el primer paso para comenzar a decidir con mayor confianza.
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