Hay momentos en los que me detengo a pensar en mi vida y me doy cuenta de algo que, por estar tan concentrado en lo que me falta, muchas veces olvido:
todavía no estoy donde quiero estar, pero ya no estoy donde solía estar.
Y decirlo parece sencillo.
Pero para mí tiene un significado mucho más profundo.
Porque sé todo lo que ha ocurrido entre aquella persona que era y la persona que estoy intentando ser.
Sé de los días en los que dudé.
Sé de las veces que me sentí perdido.
Sé de los momentos en los que pensé que no estaba avanzando.
Sé de las veces que quise rendirme.
Y también sé que, aunque todavía tenga mucho camino por recorrer, hubo algo dentro de mí que decidió no quedarse en el mismo lugar.
Ese fue mi verdadero comienzo.
A veces no reconozco mi propio progreso
Me pasa que miro hacia adelante y veo todo lo que todavía quiero conseguir.
Quiero crecer.
Quiero mejorar.
Quiero alcanzar metas que todavía están lejos.
Quiero convertirme en una persona de la que pueda sentirme orgulloso.
Y cuando pienso solamente en eso, puedo llegar a sentir que todavía no he hecho suficiente.
Pero entonces miro hacia atrás.
Y recuerdo quién era.
Recuerdo cómo pensaba.
Cómo reaccionaba.
Qué cosas me daban miedo.
Qué cosas permitía.
Qué cosas no me atrevía a intentar.
Y entonces entiendo que quizá he estado midiendo mi progreso de una manera equivocada.
Porque estaba comparando mi presente con el lugar al que quiero llegar.
Cuando quizá también debería compararlo con el lugar del que vengo.
Mi cambio no comenzó cuando todo estuvo bien
Mi cambio no comenzó en un momento perfecto.
No comenzó cuando tuve todas las respuestas.
No comenzó cuando desaparecieron mis problemas.
Comenzó cuando, a pesar de no tenerlo todo claro, decidí que no quería seguir viviendo exactamente de la misma manera.
Y esa decisión fue mucho más importante de lo que entendí en aquel momento.
Porque cambiar no siempre empieza con una gran acción.
A veces comienza con un pensamiento.
Con una pregunta.
Con una incomodidad.
Con ese momento en el que uno se mira por dentro y reconoce:
“No quiero seguir siendo la misma persona.”
He descubierto que crecer también duele
Durante mucho tiempo pensé que cambiar sería sentirme mejor.
Pensaba que, una vez que decidiera cambiar, tendría más claridad, más confianza y más fuerza.
Pero no siempre ha sido así.
A veces cambiar ha significado enfrentar cosas que prefería ignorar.
Reconocer errores.
Aceptar que algunas decisiones no fueron las mejores.
Dejar atrás personas, hábitos, pensamientos o formas de actuar que durante mucho tiempo fueron parte de mí.
Y eso puede doler.
El psicólogo Carl Jung dedicó gran parte de su trabajo a comprender el proceso de conocernos profundamente y enfrentarnos a aquellas partes de nosotros que permanecen fuera de nuestra conciencia.
Y mientras más avanzo en mi propio proceso, más comprendo que cambiar no consiste solamente en construir una nueva versión de mí.
También consiste en tener el valor de mirar la versión anterior sin esconderme de ella.
No quiero avergonzarme de quien fui
Hay cosas de mi pasado que no me gustan.
Decisiones que hoy tomaría de otra manera.
Errores que todavía recuerdo.
Momentos en los que pude haber actuado diferente.
Pero estoy aprendiendo a no utilizar mi pasado como un arma contra mí.
Porque aquella persona también estaba aprendiendo.
También tenía miedo.
También buscaba respuestas.
También estaba intentando encontrar su lugar.
No puedo cambiar lo que hice.
Pero sí puedo decidir qué voy a hacer con lo aprendido.
Mi pasado puede ser una carga o puede convertirse en una lección.
Y quiero elegir la segunda opción.
Hay cambios que nadie puede ver
Quizá alguien que me conozca no note todo lo que ha cambiado dentro de mí.
Porque no todos los cambios son visibles.
Nadie ve cada pensamiento que he tenido que cuestionar.
Nadie ve las veces que he tenido que controlar una reacción.
Nadie sabe cuántas veces tuve que convencerme de continuar.
Nadie escucha las conversaciones que tengo conmigo mismo cuando estoy solo.
Pero yo sí las conozco.
Y por eso sé que algo ha cambiado.
Quizá todavía no se vea completamente por fuera.
Pero ya comenzó por dentro.
Estoy aprendiendo a hablarme de otra manera
Una de las cosas que más quiero cambiar es la forma en que me trato.
Durante mucho tiempo podemos convertirnos en nuestros propios críticos.
Nos exigimos demasiado.
Nos comparamos.
Nos recordamos nuestros errores.
Nos decimos que no somos suficientes.
Y después nos preguntamos por qué nos cuesta confiar en nosotros mismos.
Ahora estoy aprendiendo que crecer también significa aprender a hablarme con respeto.
No significa justificar mis errores.
Significa reconocerlos sin destruirme por haberlos cometido.
Puedo decir:
“Me equivoqué.”
Sin tener que añadir:
“Por eso no sirvo.”
Puedo reconocer:
“Todavía me falta.”
Sin concluir:
“Nunca voy a conseguirlo.”
Hay una diferencia enorme entre reconocer lo que necesito mejorar y convencerme de que soy incapaz.
Estoy aprendiendo a valorar los pequeños pasos
Tal vez mi mayor error haya sido pensar que solamente los grandes cambios cuentan.
Pero hoy lo veo diferente.
Una pequeña decisión también puede cambiar una dirección.
Un hábito puede parecer insignificante.
Una conversación puede parecer pequeña.
Un día de disciplina puede parecer poco.
Un intento puede parecer insuficiente.
Pero cuando esas pequeñas cosas se repiten, comienzan a formar una historia.
La historia de alguien que decidió no quedarse quieto.
No necesito correr para demostrar que estoy avanzando
También estoy aprendiendo a tener paciencia.
Vivimos rodeados de personas que parecen avanzar rápidamente.
Alguien consigue un objetivo.
Otro cambia su vida.
Otro comienza un proyecto.
Otro alcanza algo que yo todavía estoy buscando.
Y es fácil sentir que me estoy quedando atrás.
Pero cada persona tiene su propio proceso.
No conozco todas las dificultades que otra persona tuvo que superar.
Y los demás tampoco conocen las mías.
Por eso ya no quiero medir mi vida únicamente por la velocidad.
Quiero medirla también por la dirección.
Quizá avanzar lentamente hacia el lugar correcto sea mejor que correr hacia un lugar que no quiero.
James Clear y el poder de los pequeños cambios
Las ideas de James Clear, autor de Hábitos atómicos, me han hecho reflexionar sobre la importancia de las pequeñas acciones repetidas.
Porque muchas veces esperamos que un cambio importante se produzca de manera inmediata.
Pero la transformación puede ser mucho más silenciosa.
Una decisión hoy.
Otra mañana.
Un hábito que mantengo.
Un error del que aprendo.
Una acción que repito.
Y después de mucho tiempo, cuando miro hacia atrás, descubro que esas pequeñas acciones terminaron modificando mi camino.
Eso me ayuda a no despreciar mis avances.
Porque lo pequeño también puede construir algo enorme con suficiente tiempo y constancia.
Escribiendo mi Cambio
Por eso este espacio tiene un significado especial para mí.
Escribiendo mi Cambio no es un lugar donde quiero fingir que tengo la vida resuelta.
Es justamente lo contrario.
Es un espacio para escribir mientras estoy cambiando.
Para poner en palabras pensamientos que muchas veces permanecen dentro de mí.
Para reconocer lo que he aprendido.
Para hablar de las cosas que todavía estoy intentando mejorar.
Para recordar mis avances cuando vuelva a sentir que no he hecho suficiente.
Porque quizá escribir también sea una manera de dejar evidencia de mi propio proceso.
Hoy escribo algo que mañana podré volver a leer.
Y tal vez, dentro de un tiempo, descubra que algunas de las cosas que hoy me preocupan ya no tienen el mismo poder sobre mí.
No quiero olvidar de dónde vengo
Quiero seguir mirando hacia adelante.
Pero también quiero recordar de dónde vengo.
Porque si algún día alcanzo algunas de las cosas que hoy estoy buscando, no quiero olvidar todos los pasos que hicieron posible llegar hasta allí.
Quiero recordar los días difíciles.
Las dudas.
Los intentos.
Los comienzos.
Las veces que tuve que empezar nuevamente.
Porque esos momentos también serán parte de mi historia.
No solamente el resultado.
El proceso también merece ser recordado.
Hoy quiero reconocerme
Hoy no quiero preguntarme únicamente:
“¿Cuánto me falta?”
Quiero preguntarme:
“¿Cuánto he recorrido?”
Quiero reconocer que sigo aquí.
Que sigo aprendiendo.
Que sigo buscando.
Que sigo intentando.
Que todavía tengo sueños.
Que todavía tengo ganas de construir algo diferente.
Y quizá eso ya diga mucho de mí.
Porque después de todo lo vivido, todavía existe dentro de mí una parte que cree que puedo ser diferente.
Y mientras esa parte siga ahí, todavía tengo razones para continuar.
Reflexión final: no estoy donde quiero estar, pero ya no estoy donde solía estar
Hoy acepto que todavía no estoy donde quiero estar.
No quiero mentirme.
Todavía tengo mucho por construir.
Mucho que aprender.
Mucho que mejorar.
Todavía existen días difíciles.
Todavía aparecen dudas.
Todavía hay momentos en los que no sé exactamente hacia dónde voy.
Pero también sé algo que ya no puedo negar:
ya no soy la persona que comenzó este camino.
He cambiado.
Quizá no tanto como quisiera.
Quizá no tan rápido como esperaba.
Quizá todavía no pueda ver todo lo que ese cambio significa.
Pero algo dentro de mí se ha movido.
Y eso es suficiente para seguir.
Porque ahora entiendo que el cambio no siempre se siente como una gran transformación.
A veces se siente como una pequeña decisión.
Como levantarse un día más.
Como volver a intentarlo.
Como dejar de hablarse con odio.
Como atreverse a hacer algo que antes daba miedo.
Como decir:
“Todavía no lo he conseguido, pero no voy a dejar de intentarlo.”
Y quizá eso sea lo que quiero recordar cada vez que sienta que estoy avanzando demasiado lento:
No estoy donde quiero estar.
Pero tampoco estoy donde solía estar.
Y entre esos dos lugares existe toda una historia.
Mi historia.
La historia de alguien que todavía está aprendiendo, todavía está creciendo y todavía está escribiendo su cambio.
Y mientras pueda seguir dando un paso más, aunque sea pequeño, todavía queda mucho por escribir.
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